Paloma Buchona Valenciana 1904

EL “SPORT” AVÍCOLA EN VALENCIA.
Sin disputa, Valencia ocupa uno de los primeros lugares en el mundo entero, en cuanto a proporción numérica de aficionados y profundidad de afición a toda clase de sports, zootécnicos y ornitológicos, desarrollando muy poderosamente la preferencia hacia la paloma buchona que hoy en día constituye un sport capaz por si solo de dar a la afición, el relieve y la vida del sentimiento y del arte y de acreditarme de veraz en esta apreciación que al primer golpe de vista ha de parecer exagerada. No me detendré en inquirir el origen de esta paloma que todo el mundo admite como árabe, sí en profundizar si guarda alguna relación su cultivo actual entre nosotros, con el que simultáneamente se está llevando a cabo al otro lado del estrecho, con algunas variaciones, en lo que hace referencia a coloración y líneas generales, aunque persiguiendo una misma finalidad, la de que atraigan y retengan en sus palomares las palomas de otros, cualidad a que deben su sobrenombre de ladronas. Por hoy me someteré a una superficial descripción de la raza y de sus caracteres, y a exponer la aplicación que de ella hacen los verdaderos amateurs valentinos. El tipo de la paloma “buchona valenciana”, no está bien definido aún; es más, existe una indiferencia muy marcada respecto a este particular, y si bien algunos prefieren esta o aquella cualidad exterior, es para prescindir de ella inmediatamente que adquieren el convencimiento de la bondad de una paloma y de sus ventajas para el trabajo.

 

Sin embargo, el tipo que abunda responde a los siguientes caracteres: color, generalmente azul; plumaje, fino y bien colocado; tamaño, el de la paloma común; cabeza, marcadamente cóncava, hasta influir en la dirección del pico, que es recto y ancho; iris, encarnado; mirada, inteligente; buche, muy pronunciado y colgante (exageración a que debe su nombre); cuello, corto; pecho, ancho; ala, larga y bien provista de plumas para el vuelo; cola, relativamente corta; patas, encarnadas, algo largas, lo mismo que los dedos, un tanto delgadas y en todo caso descalzas. En cuanto a la coloración del plumaje, existen en primer lugar las azules, que son (ignoro con que fundamento), las que han conquistado mayor fama; las de color negro, bayo, blanco, franciscano, pelo de rata, gavina y melado. A base de estos colores, los cuales nadie cultiva especialmente, y de los que, por lo tanto, es muy raro hallar uno perfecto, existen infinidad de combinaciones a cada cual más caprichosa, y, en consecuencia, inestable; tenemos caretos, que, como su nombre indica, tienen la cabeza, con prolongaciones más o menos extensas, blancas; figuras manchadas a capricho, y que, desde luego, admiten tantas combinaciones como las notas de un pentagrama; aliblancas, combinación muy conocida; coliblancas, y por último, las barbitas. A ninguna de estas palomas les acompaña el moño a coquille, y todas son carácter muy familiar, e inteligencia y perspicacia superior a toda ponderación para el que entiende su lenguaje, o sea para el que las haya observado mucho y continuamente. El sport de esta tan discutida clase de aves (que en este momento como simple cronista no he de criticar ni defender) consiste en volar individuos célibes y de un mismo sexo en cada palomar, y aprovechándose de sus instintos naturales que les impelen a buscarse compañera, y valiéndose de todos los medios, entre los cuales existen algunos muy ingeniosos, atraer y encerrar las palomas perdidas y las otras que puedan presentarse. Una vez conseguido, alcanzado ya el desiderátum del buen buchero, esto es, experimentadas las fuertes emociones que la caza de un perdido ocasiona desde que empiezan a trabajarle las buchonas, hasta que se tira del hilo para encerrarle, resta únicamente legalizar la situación conservando tres días la paloma forastera a disposición de su legítimo dueño.

 

Pasemos por alto si todos los aficionados cumplen o no con esta formalidad, y supongamos que el dueño no se ha presentado y que la pieza cobrada no gusta para aquerenciarla en el palomar del que le ha cohibido su realísima voluntad alada de trasladarse, pasados los primeros desavíos, al suyo o a donde mejor le pareciera, y veamos, aunque sea de corrido, a que da lugar la enajenación y cambios de sin número de hallados que se encierran todos los días. Estas transacciones dan vida, y en algún caso prosperidad (se dé uno que, sin ejercer otro oficio, se ha comprado una finca) a seis o siete paradas que se instalan todos los días, de 8 a 13, en la plaza del Cid (vulgo Clei), sitio que, si no es de lo mejor atendido por la policía urbana, no deja de ser lo más típico que he visto en mi zarandeada vida. A el concurren todos los aficionados consecuentes en busca de solaz y de palomas, no siéndoles nada difícil hallar lo uno y lo otro, particularmente en la parada mejor provista y más favorecida por la buena afición, de la que es propietario el popular Vicentico Martin, y en la que tengo pasados muy buenos ratos oyendo conversar y discutir sobre buchonas a los amateurs, sentados en las clásicas sillas plegantes a la sombra de su, para mí, muy hospitalaria oficina, como él la llama. Y por cierto que, al llegar a este punto, y supuesto que este escrito va dilatándose demasiado, no puedo menos que agradecerle las distinciones de que nos colma, y suplicarle que siga reservándome alguna sillita para poder ir enterando a mis benévolos lectores de lo que son las afamadas palomas “buchonas valencianas”.
Diario Las Provincias (Valencia) el 23 de diciembre de 1904, artículo por Luis Sala Espiell.

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